CURILAF Y EL ÁRBOL DE PIÑONES
Autora: Carolina Cabezas R
- ¡A comer! – gritó la mamá del pequeño Curilaf, que jugaba a la chueca con sus amigos. El niño de 9 años no contestó en castellano sino que lo hizo en su lengua tradicional, el mapudungún.
Curilaf pertenecía a un pueblo originario llamado Mapuche, el cual habita la zona desde el río Choapa al Seno de Reloncaví. Aunque la historia de Curilaf y sus piñones data de muchos siglos atrás, el pueblo mapuche sigue vivo en el sur de Chile y son un grupo importante de la sociedad actual.
Más delgado y debilucho que los niños de su edad, Curilaf estaba acostumbrado a quedar de “reserva” en los partidos de chueca, pero él no se sentía mal, ya que por ser muy astuto y rápido tenía un puesto importante en el grupo de amigos: era quien debía avisar si es que venía un adulto cuando hacían una travesura.
El invierno estaba cerca y eso significaba algo muy importante: la competencia de recolección de piñones estaba más cerca aún. Los piñones son el fruto del milenario árbol llamado Araucaria, y para los mapuches en esa época, al igual que actualmente, estos eran un alimento indispensable en la dieta diaria.
Las araucarias son árboles gigantescos, que tardan en crecer cientos de años y pueden vivir otros miles, es decir, llevan viviendo junto a los mapuches una eternidad.
Recolectar piñones era toda una aventura, los mapuches, de todas las edades, debían trepar a lo más alto de las Araucarias y sacar uno a uno los frutos. Este acontecimiento sucedía todos los años y el premio era: un montón de ofrendas que consistían en animales cazados por el pueblo y productos de la agricultura y alfarería realizada por las mujeres mapuches. Aunque estos premios eran sensacionales, había uno que era el más preciado y por el cual la gente elegía arriesgarse y participar en la peligrosa competencia: ganar el respeto del pueblo.
Curilaf todos los años quería participar en la competencia pero nunca se le permitía por ser muy pequeño. Sus amigos, los más fuertes y robustos, podían participar siempre y, aunque nunca ganaban, disfrutaban cada momento, ya que recolectar piñones junto al resto de los competidores resultaba ser demasiado entretenido.
Ese año, como todos los anteriores, Curilaf se puso en la fila donde el Lonco, que era el jefe de su Lov, escogía a quienes podían participar. Como era de esperarse Curilaf quedó afuera de la competencia, y con rabia y frustración se adentró en un bosque de Araucarias secreto que muy pocos conocían y que el niño ocupaba como refugio cuando estaba triste.
Fue así como de tanta rabia empezó a patear las piedras del suelo, luego lanzó una al tronco de un árbol y como aún sentía mucha frustración agarró una roca pequeña y con todas sus fuerzas la tiró contra las ramas de la araucaría. Entonces, algo mágico sucedió: muchos piñones cayeron sobre su cabeza.
Curilaf había descubierto algo importante, tomó su manta que lo abrigaba, metió todos los piñones adentro y corrió a la aldea mapuche a toda velocidad. Ahí mostró al resto lo que había logrado y se sorprendió mucho porque nadie creyó que él lo hubiera hecho, hasta lo acusaron de ladrón y dijeron que era tan debilucho que probablemente los había robado a otro competidor durante el descanso.
Esta triste situación no lo desanimó y el niño mapuche decidió mejorar su técnica y se adentró en su bosque secreto a practicar. Ahí tuvo una gran idea: atar una cuerda a la piedra y una vez enganchada tirar y tirar hasta que cayeran todos los frutos. Resultó a la perfección.
Con todo su entusiasmo volvió a la aldea y habló con el Lonco, le mostró lo que podía hacer y frente a los ojos asombrados de todo el pueblo, Curilaf recolectó muchos piñones los cuales recogía poniendo su manta a los pies de la araucaria. Toda esta maravilla sucedía sin tanta fuerza ni esfuerzo físico y, lo mejor de todo, sin arriesgar la vida de nadie.
Curilaf ganó la competencia y todos los premios ese año y, lo más importante, ganó el respeto del pueblo mapuche. Y eso no es todo, Curilaf vive en el recuerdo de su pueblo ya que hasta el día de hoy, muchos siglos después, los mapuches siguen ocupando esta técnica para recolectar los frutos de la Araucaria, los sabrosos piñones.
ESTA MUY BAKAN LA PAGINA
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