martes, 26 de abril de 2011

...El cuento de este mes...

TURRONCITO SIN SAL
Autora: Carolina Cabezas Reveco


En un continente escondido, de esos que no aparecen en un mapa habitual, se encontraba un pequeño país con forma de chocolate, de esos bombones tentadores que no se pueden rechazar.

Extrañamente, en este país sólo se comía sal. La leche se “endulzaba” con sal, el café era bebido con terrones de sal, y las tortas y flanes -al igual que los dulces y confites- estaban hechos con sal.

¿A qué se debía esta rara situación? Bueno, cuenta la leyenda que hace muchos, muchos, muchos años, en este extraño país de singular fama, vivía un emperador gordito, gordito, gordito, tan gordito, que parecía una pelota a punto de reventar.

Su esposa, preocupada por la salud del emperador, quien no paraba de engordar porque le encantaban los dulces, decidió sacar todo el azúcar del país mientras él dormía, y ordenó que pasteles y tartas, chocolates y turrones, fueran “endulzados” con sal.

Al despertar, el emperador pidió sus tradicionales tostadas con mermelada, pero como éstas estaban saladas, decidió no comerlas más. Así fue como nunca más se comió azúcar en este país, y finalmente, las pastelerías y chocolaterías se acostumbraron, y decidieron hacer sus dulces con sal.

En este país tan raro vivía el pequeño Tebo, un turroncito tan dulce como la miel, pero que para los habitantes de este país, no era más que un pobre turroncito sin sal.

Tebo vivía muy triste en el escaparate de la pastelería de Don Chepo, esperando que alguien lo quisiera, a pesar de que fuera un turroncito sin sal.

Todos los días, antes de ser ubicado sobre una limpia bandejita en la vitrina, Tebo sacudía los restos de azúcar que tenía sobre el cuerpo, moviéndose de un lado para otro.

-¿Qué habrá pasado? -se preguntaba Don Chepo-. ¿Por qué cuando hice miles de turrones salados, uno me quedó dulce?

En este país muy, muy, muy lejano, no había azúcar, los dulces eran salados. ¿Cómo este turroncito era azucarado?

Lo mismo se preguntaba Tebo, se lamentaba y, a ratos, quería llorar. Todos los días entraban niños y abuelos, novios y señoras mayores, damas y caballeros, y llenaban las bolsitas de papel que ponía Don Chepo en la entrada con dulces salados, chocolates picantes, y por supuesto, ignoraban a este turroncito.

Así pasó el tiempo, triste y solitario, perdía a sus compañeros todos los días y le costaba comprender la mala suerte que le había tocado.

-¿Por qué yo? -se lamentaba-. ¿Para qué me crearon si alguien jamás me va a comprar?

En eso estaba el pequeño Tebo, sollozando por su mala suerte, cuando de una esquina oscura y llena de polvo, un bastón de azúcar navideño, apareció saltando y lo sorprendió por detrás.

-No te lamentes tanto, amigo turrón, ya llegará tu día -dijo el bastón con sus rayas rojas y blancas algo desteñidas.

-¿Cómo puedes saber eso?- respondió desanimado-. Llevo aquí meses y nadie me viene a buscar -y sin decir nada más, se echó a llorar.

-Mírame a mí, Don Chepo me pone en la vitrina sólo para Navidad, y no me lamento, porque ese día, me siento realmente especial.

El turroncito dejó de llorar y comenzó a pensar… en realidad su suerte no era tan mala, al menos Don Chepo lo ponía en el escaparate todos los días.

-Tienes razón, no tengo que ser mal agradecido, no me puedo quejar.

-Ya verás amigo, cuando menos lo esperes tu suerte va a cambiar -concluyó el bastón navideño, y saltando sobre su propia base volvió a esconderse en su rincón.

Lleno de esperanza y más ilusionado que antes volvió a ponerse en su lugar. Pulió su maníes, sus frutas confitadas, y con orgullo se paró sobre su bandejita y se lució en la vitrina de Don Chepo.

Pasaron los días y sin perder las esperanzas se preguntaba: “¿Cuándo llegará mi día? ¿Cuándo me sentiré como el bastón en Navidad?”

Un día de verano, un viajero de acento muy extraño, entró a la tienda de Don Chepo con ganas de comprar muchos dulces para continuar su viaje alrededor del mundo.

Don Chepo le ofreció sus mejores especialidades: chocolates picantes, caramelos salados y pequeños alfajores espolvoreados con sal.

-Puaj -exclamó el viajero mientras escupía en su mano lo que había probado.

-¿No le gustó? –peguntó Don Chepo, sin disimular su sorpresa porque le había ofrecido lo más delicioso de la tienda.

-Esto sabe hogrrible -repitió con su acento extranjero-. ¿Cómo es que en una pastelegría sólo venden alimentos con sabog a sal?

El viajero buscaba algo dulce, y Don Chepo desconcertado, trataba de convencerlo que en este lejano país sólo se comía sal.

-Lo lamento señor viajero- dijo Don Chepo-. En este país sólo encontrará comida salada.

-¿Está segugo? -Preguntó el extranjero, mientras miraba alrededor buscando algo rico para poder seguir viajando.

Tebo miraba esta conversación desde lejos, mientras movía su cuerpo, se sacudía y trataba de hacerse notar. ¿Cómo Don Chepo se había olvidado de él? ¿Cómo no recordaba que en el escaparate había un turroncito sin sal?

Tebo se empezó a asustar. Pensaba que perdería su única oportunidad, por fin alguien quería comprar algo dulce y Don Chepo no recordaba que él era un turroncito sin sal.

El viajero comenzó a despedirse, y mientras cruzaba el umbral de la puerta, Tebo empezó a ver cómo se alejaba su gran esperanza, su única oportunidad.

Fue entonces cuando una enorme lágrima rodó por su cuerpo y le dio un color tan brillante a sus frutas y al maní, que comenzó a destellar.

El viajero quedó impactado con el brillo de Tebo, volvió a entrar a la tienda y le preguntó a Don Chepo qué sabor tenía ese turrón tan especial.
Don Chepo se encogió de hombros y dijo un poco desanimado: – Ese es un turrón dulce, un turroncito sin sal.

-¡Lo quiego! -gritó el viajero y ansioso tomó una bolsita y esperó con ilusión que Don Chepo sacara a Tebo de la vitrina.

Tebo, feliz y orgulloso, se deslizó por la bolsita de papel y se sintió protegido y querido al fin.

Salieron de la tienda y el viajero miró la bolsita y la acercó a su rostro, susurrando le habló a Tebo y con cariño le dijo:

-Eres un turroncito especial, no te comeré nunca, me traerás suerte en cada uno de mis viajes, eres único y por eso siempre me acompañarás.

Tebo respiró tranquilo, el bastón tenía razón, su suerte había cambiado.
El día en el que el viajero lo nombró su mejor amigo, se sintió tan importante como ese viejo bastón el día de Navidad.